Mi amigo, el Carucha

Conocí al Carucha cuando éramos dos niños. Tuve la suerte de compartir todas las inferiores y las infantiles con él. Muchas veces yo me olvidaba que estaba atajando y simplemente observaba fascinado como el Carucha, y todo su ballet, se divertían con la pelota en los pies frente al rival que tuviésemos del otro lado. 
 
Cuando llego a Cementista de la mano de su vieja, era más alto que el resto. Creo que pegó el estirón a los 4 años.
 
Desde las más chicas de las categorías ya se notaba que era distinto. Nosotros jugábamos para divertirnos, pero él era diferente: él jugaba bien de verdad, como los más grandes; cuando nosotros corríamos y nos desesperábamos por agarrar la pelota, él la tenía con una facilidad que ninguno comprendía. En el 2007, en nuestro primer año de menores, se animó a colocar un penal al lado del palo contra Regatas cuando el resto le pegábamos de punta. No por nada en el 2010, con 14 años, lo llevaron a jugar un Torneo Nacional de Juveniles y, cuando todo se iba por la borda y nos quedábamos afuera, Perico Pérez lo mandó a la cancha y nos llevó a la final. 
 
Nunca supe porque le decíamos “Carucha”, si recuerdo que siempre estaba alegre y se cagaba de risa de todo. Siempre fue un líder positivo y con mentalidad de ganador, siempre mostró la entereza y el carisma de los grandes. Nunca perdió la humildad, ni cuando siendo Cadete lo llamaron para jugar en la primera del club, ni cuando llegó a la selección mendocina siendo juvenil, ni cuando se fue a jugar al viejo continente.
 
A todos nos hizo mierda cuando se fue el Lobo (su viejo). El que conoce al Carucha, puede hacerse una idea de cómo era su viejo. Cuando falleció Carucha la pasó mal, pero lejos de caerse, el recuerdo de su viejo en la cabeza le sirvió para poder seguir adelante. Su viejo estaba en todos lados: jugábamos en Junín y hasta allá se iba, teníamos una final en Tupungato y ahí estaba. Nunca lo dejó solo.
 
No es fácil decir cuál es el la cualidad más importante que tiene: le pega con las dos gambas, tiene la potencia de un tanque, la habilidad de los cracks, el corazón de un tigre. Pero lo más importante, es que nunca va a dar una sola pelota por pérdida; como el otro día, cuando se metió entre dos brasileños y, con la picardía intacta del niño que fue, inventó un penal faltando 12 segundos. 
 
Siempre fue el pibe de barrio que llegaba al club temprano para pelotear un rato y que me decía (y me sigue diciendo): “Juancito, cómo andás, hermano?” cada vez que nos cruzamos en cualquier lugar. El pibe que cada vez que vuelve a Mendoza no se olvida de quien es. El pibe a quien yo, desde el arco, veía hacer cosas que nunca vi hacer a nadie con la pelota. El pibe que el otro día se convirtió en el mejor jugador del mundo. Un pibe con un talento demencial que se convirtió en hombre, pero que siempre va a seguir siendo mí amigo. Para todos será “Renzo Grasso, el mejor jugador del Mundial 2019” pero para mí siempre va a ser Carucha, con el que salía a bailar, con el que entrenaba todos los días, con el que me reí durante todas las inferiores. Hoy, es el mejor jugador del mundo, y yo sonrió. Y estoy seguro que el viejo Lobo, desde el cielo, también.